El Evangelio

Evangelio según San Lucas 9,51-62.
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén
y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento.
Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.
Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: "Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?".
Pero él se dio vuelta y los reprendió.
Y se fueron a otro pueblo.
Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: "¡Te seguiré adonde vayas!".
Jesús le respondió: "Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza".
Y dijo a otro: "Sígueme". El respondió: "Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre".
Pero Jesús le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios".
Otro le dijo: "Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos".
Jesús le respondió: "El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios".

martes, 12 de enero de 2010

Conocerse a sí mismo


"Conocerse a sí mismo"
de Abelardo Pithod

Esta es la conclusión de un pequeño libro, Breviario de psicología para todos, que aparecerá a mediados de año.

Conócete a ti mismo era el lema que los griegos tenían grabado en el frontispicio del templo de Delfos. Se entendía que era para conocerse como seres humanos, es decir, saber que no eran solo animales pero tampoco dioses. Que eran humanos, sometidos a la desdicha y a la muerte, la muerte del que sabe que va a morir, y que lo sabe toda la vida. La vida nos ha herido con la muerte, escribió el poeta mendocino Narciso Pereyra. Pero el conócete a ti mismo al que yo aludo, más que a esto, que es un conocimiento metafísico, es el conocerse uno tras sus máscaras, esas que nos recubren como a la cebolla sus capas. ¿Puede que el hombre esté llamado a desenmascararse para no llegar nunca a otra cosa que no sea una nueva máscara? ¿Será ésta una inútil búsqueda, una pesquisa vana de un “yo mismo” esencial pero inhallable?
C.S.Lewis escribió una novela titulada Mientras no tengamos rostro, donde plantea, aunque de otra forma, este problema. Las máscaras a las que aludo son las de los múltiples papeles que representamos, aún cuando estamos solos. ¿Qué cosa puede ayudarnos en la búsqueda de nosotros mismos, de nuestra identidad profunda, oculta por las máscaras? Es muy común hoy hablar de “mi verdad” o de “tu verdad”, lo que nos choca a los adultos, pero que apunta a algo que no es totalmente falso. En efecto, somos algo que no es nadie más que nosotros, aunque nosotros no sepamos bien en qué consiste, pero que, aún sin saberlo, buscamos.
Para la metafisica cristiana la realidad o fondo último de una creatura es su Creador. Él está más a lo hondo de uno que uno mismo; en Él nos conoceremos algún día en plenitud, tendremos el ansiado encuentro con nuestra identidad y sabremos quién verdaderamente somos. Será cuando suceda el Juicio de Jesús, dándonos la bienvenida, o Juicio particular. “El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada toda falsedad se deshace”, dice el Papa en la Encíclica Spe Salvi, 47.
Hasta llegar a ese punto veremos, por gracia de Dios, cómo van cayendo nuestras máscaras. En la ancianidad veremos desprenderse las últimas, pero seguramente no todas.
Esta cuestión plantea un desafío que Nietzche, y en su línea Heidegger y otros filósofos contemporáneos, pusieron de relieve con la expresión existencia auténtica. Hablaron de ser lo que somos. Está bien. Pero ser lo que somos es la mitad de la autenticidad. Hay otra mitad y es ser mejor de lo que somos. La autenticidad del “ser uno mismo” no la agota, porque uno, ciertamente, es lo que actualmente es, pero además debe ser aquello para lo que ha sido llamado.

(Fuente: medicoscatolicos.org.ar)

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