
En este momento de manifiestas infidelidades de algunos ministros de la Iglesia, caemos en la tentación de dejarnos llevar por el escándalo y el abandono. Resaltamos las debilidades de nuestros pastores en lugar de renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios reflejado en magníficas figuras religiosas plenas de amor a Dios y a las almas. Y no necesariamente sean figuras intelectualmente brillantes. Sabemos que el Santo Cura de Ars no lo era, ya que hasta su ordenación sacerdotal estuvo en juego por este motivo. Pero el amor siempre es más fuerte, como surge de su dicho frecuente: "El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús". Necesitamos pastores que sepan hacernos sentir el amor misericordioso del Señor; que tengan un sentido de obediencia ejemplar, para que en los momentos que no se sientan a la altura de su misión - que inexorablemente vendrán - rechacen la tentación de abandonar las responsabilidades del ministerio. Con mucha humildad y profunda fe sabrán que: "El mismo Dios que dijo: "Brille la luz en medio de las tinieblas", es el que hizo brillar su luz en nuestros corazones para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios, reflejada en el rostro de Cristo" (2 Cor. 4,6). Queremos sacerdotes - como dice el Papa - que no se resignen a ver vacíos sus confesionarios ni que se limiten a constatar la indiferencia de los fieles a los sacramentos. En la Francia revolucionaria del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que ahora. Sin embargo él logró que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia Sacramental mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística.Queremos sacerdotes que amen y sean amados.
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